Si sueles darte una vuelta por las redes sociales buscando noticias de videojuegos, es probable que más de una vez te hayas encontrado con el hashtag de turno pidiendo un «boicot absoluto» a PlayStation. Que si las consolas son muy caras, que si obligan a vincular cuentas, que si llevan un año sin sacar el juegazo exclusivo que te vuele la cabeza. Leyendo internet, parece que Sony está a punto de quebrar y que el fin del mundo gamer se acerca. Spoiler: no está pasando absolutamente nada de eso.
El síndrome de la burbuja de cristal
Aquí es donde entra nuestra labor como «traductores» de la realidad. El problema de internet es que funciona como una caja de resonancia gigante donde el ruido de unos pocos parece el clamor de millones. Los chavales más activos en foros y redes montan en cólera, organizan firmas digitales y declaran la guerra a la compañía japonesa.
Pero la cruda realidad de los números es que, mientras todo arde en Twitter, hay un padre de familia entrando en un centro comercial para comprarle una PlayStation a su hijo por su cumpleaños, totalmente ajeno al drama. Esa es la verdadera fuerza de Sony: el gran público generalista que no vive enfadado en internet y que simplemente quiere llegar a casa, encender la consola y jugar un rato al FIFA (perdón, al EA Sports FC) o al Spider-Man.
Por qué el gigante no se tambalea
Para que un boicot funcione en esta industria, tiene que afectar al bolsillo de forma masiva, y eso es casi imposible con una marca que está tan instalada en la cultura popular. «Jugar a la Play» es sinónimo de jugar a videojuegos en la mitad de los hogares españoles.
Las polémicas recientes de Sony (subidas de precios en el servicio online o en el hardware) escuecen, claro que sí. A nadie le gusta pagar más. Pero cuando llega el fin de semana, la comodidad y el peso del catálogo pesan más que el enfado momentáneo. La inmensa mayoría de los usuarios traga saliva, paga y sigue jugando.
Mucho ruido y pocas nueces
En resumen, si lees titulares alarmistas sobre el fin de los días de PlayStation, ponlos en cuarentena. Las protestas sirven para que las empresas reculen en decisiones puntuales muy concretas, pero no derriban imperios. Sony seguirá vendiendo consolas a espuertas y el supuesto boicot pasará a la historia como otro berrinche digital más que se olvidará cuando anuncien el próximo gran exclusivo que deje a todo el mundo con la boca abierta.














