Hoy en día, la chavalería se enzarza en debates interminables en internet sobre si los teraflops de Xbox son mejores que el disco duro de PlayStation. Todo muy técnico y muy aséptico. Pero si quieres saber lo que era una guerra de trincheras de verdad, pregúntale a alguien que rondara los diez o doce años a principios de los 90. En aquel entonces, el patio del colegio se dividía en dos bandos irreconciliables: o eras de Nintendo, o eras de SEGA. No había término medio, y cambiarse de bando era alta traición.
El fontanero bonachón contra el erizo chulito
En la esquina roja teníamos a Nintendo. Su consola de 16 bits (la mítica Super Nintendo) era «el cerebro de la bestia», como decía aquel famoso anuncio de la televisión. Su abanderado era Super Mario, un fontanero regordete, bonachón y para todos los públicos que protagonizaba unos juegos de plataformas absolutamente perfectos. Era la opción segura, familiar y colorida.
En la esquina azul estaba SEGA con su Mega Drive. Como sabían que no podían ganarle a Nintendo siendo «buenos chicos», decidieron ser los macarras de la clase. Se inventaron a Sonic, un erizo azul que corría a la velocidad de la luz, llevaba zapatillas deportivas de diseño y te miraba con cara de chulo y dando golpecitos con el pie si soltabas el mando más de diez segundos. SEGA era rebeldía, era velocidad, era el hermano mayor que te dejaba escuchar música rock a escondidas.
Una publicidad que hoy escandalizaría a medio internet
Lo más divertido de esta época fue cómo las dos compañías se tiraban los trastos a la cabeza sin miramientos. En Estados Unidos, SEGA sacó un lema brutal: «SEGA does what Nintendon’t» (SEGA hace lo que Nintendo no). En España, la publicidad tampoco se quedaba corta: mientras Nintendo apelaba a la magia, SEGA montaba anuncios como el del Canal Pirata Sega, pidiéndote a gritos que te unieras a la resistencia y «dieras el salto al siguiente nivel».
Si hoy una marca de consolas hiciera un anuncio riéndose tan descaradamente de la competencia, habría incendios en redes sociales y cartas de disculpa. En los 90, simplemente nos frotábamos las manos esperando a ver quién sacaba el juego más espectacular para callarle la boca al bando contrario.
El tratado de paz definitivo
Lo mejor de aquella rivalidad es que los que de verdad salimos ganando fuimos nosotros, los jugadores. El pique era tan monumental que ambas compañías se dejaron la piel sacando obras maestras una detrás de otra para intentar aplastar al rival.
La paradoja final, la que le puedes contar a cualquier niño hoy para dejarle con la boca abierta, es cómo acabó la historia. Después de años de odio acérrimo, SEGA dejó de fabricar consolas. Hoy en día, el mayor símbolo de paz en la industria de los videojuegos es encender tu flamante Nintendo Switch y ver a Mario y a Sonic compitiendo juntos amistosamente en los Juegos Olímpicos. Si nos llegan a decir en 1993 que acabaríamos viendo eso, nos da un síncope.















