Si alguien te pregunta alguna vez si los videojuegos pueden ser arte o si son simples juguetes para pasar el rato, no te líes con explicaciones filosóficas. Siéntale en el sofá, ponle el primer Red Dead Redemption y dile que coja las riendas del caballo de John Marston durante un par de horas. Rockstar Games, los mismos creadores del gamberro Grand Theft Auto, demostraron en 2010 que los mundos abiertos no solo sirven para hacer el cafre por la ciudad, sino que pueden contar historias con la misma crudeza y profundidad que una película de Clint Eastwood.
El Salvaje Oeste crepuscular
La genialidad de este juego no está en sus tiroteos (que son divertidísimos, las cosas como son), sino en el momento histórico que retrata. No estamos en la época dorada de los vaqueros, estamos en 1911. El Salvaje Oeste se está muriendo, arrinconado por la llegada del ferrocarril, los primeros coches y el gobierno federal.
Tú manejas a John Marston, un exforajido que solo quiere vivir en paz con su mujer y su hijo en su rancho, pero al que el gobierno chantajea para que cace a los miembros de su antigua banda. Es una historia adulta, de redención y de tener que pagar por los pecados del pasado. Un tema con el que cualquier padre puede empatizar: ¿hasta dónde llegarías para proteger a tu familia y dejar atrás tus errores?
Un mundo abierto que respira de verdad
Hasta ese momento, los mapas de los juegos de mundo abierto eran enormes decorados de cartón piedra. Red Dead Redemption lo cambió todo. Aquí el mundo estaba vivo. Podías ir cabalgando tranquilamente escuchando solo el viento y los cascos de tu caballo, y de repente ver cómo un lobo cazaba a un ciervo a lo lejos, o cruzarte con un vagabundo pidiendo ayuda en el arcén.
Te incitaba a perder el tiempo. A bajarte del caballo, encender una hoguera, cazar algo para cenar y simplemente contemplar la puesta de sol sobre las llanuras polvorientas. Era un simulador de soledad precioso.
El final que enmudeció a toda una generación (Sin Spoilers)
Si has jugado, sabes de qué hablo. Si no, solo te diré que los últimos compases de este juego, cuando John Marston por fin llega a su casa, rompen con todo lo establecido en la industria. Rockstar tuvo la valentía de escribir un final que duele, que escuece y que se te queda grabado en la memoria.
Fue el día en el que los videojuegos dejaron claro que ya no necesitaban imitar al cine, porque habían encontrado su propio lenguaje narrativo. A día de hoy, cabalgar hacia México por primera vez mientras suena la canción Far Away de José González de fondo sigue siendo uno de los momentos más mágicos que se pueden vivir con un mando entre las manos.















